Enero 8 (Vulnerabilidad)

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Algunos de nosotros hemos tomado la decisión de que nadie nos iba a volver a lastimar. Podemos recurrir automáticamente al “congelamiento de sentimientos” cuando encaramos dolor emocional. O bien, podemos terminar una relación en cuanto nos sentimos heridos.
Que a veces nos hieran es parte de la vida, de las relaciones y de la recuperación.
Es comprensible que no queramos sentir más dolor. Muchos ya hemos tenido más que suficiente. De hecho, en alguna época de nuestra vida quizá nos hayamos visto agobiados, extenuados o nos hayamos detenido en nuestro camino por el profundo dolor que sentíamos. Quizá no hayamos tenido los recursos para lidiar con nuestro dolor o cuidar de nosotros mismos.
Pero eso fue ayer. Hoy no tenemos por qué temerle tanto al dolor.
Este no tiene por qué agobiarnos. Nos estamos volviendo bastante fuertes para manejar nuestros sentimientos cuando nos sentimos lastimados. Tampoco tenemos que convertirnos en mártires, diciendo que el sufrimiento y el dolor es lo único que existe en a vida.
Lo único que necesitamos es que cuando sea apropiado, nos permitamos sentirnos vulnerables para sentirnos heridos y tomemos responsabilidad de nuestros sentimientos, de nuestras conductas y de lo que necesitemos hacer para cuidar de nosotros mismos. No tenemos que analizar nuestros sentimientos ni justificarlos. Necesitamos sentirlos y no dejar que controlen nuestra conducta.
Quizá nuestro dolor nos esté mostrando que necesitamos fijar un límite, que estamos yendo en dirección equivocada o quizá esté disparando un profundo proceso curativo.
Está bien sentirnos heridos, llorar, curarnos, experimentar el siguiente sentimiento, pero sólo cuando sea tiempo para ello.
Nuestra disposición y capacidad para sentirnos lastimados con el tiempo igualarán  nuestra disposición y capacidad para sentir alegría.
Estar en recuperación no significa ser inmune al dolor; significa aprender a cuidar amorosamente de nosotros mismos cuando nos sintamos dolidos.
“Hoy no me lanzaré en contra de los que me causan dolor. Sentiré mis emociones y asumiré la responsabilidad de ellas. Aceptaré el hecho de sentirme herido como parte del tener relaciones. Estoy dispuesto a rendirme tanto al dolor como a las alegrías de la vida.”

Relato de un camino: Haciendo realidad mi sueño de viajar.

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Cuando empecé a hacer realidad mi sueño de viajar, una de las primeras cosas que hice fue distanciarme de todos los miedos que tenía y que no eran míos. Me di cuenta de que yo no tenía miedo de viajar sola, aunque fuera “mujer”, aunque fuera “joven”… esos miedos eran miedos de otras personas que de alguna forma se habían transformando en miedos míos, ¿para qué seguirlos cargando? Muchas personas me han contado que tienen miedo de viajar, y siempre pregunto ¿miedo de qué? El miedo puede paralizarte, detenerte, hacerte pensar que ahí, en tu lugar de comodidad, está la “seguridad”. Así que un día, decidí abrazar esos miedos que traía como si fueran propios, agradecerles por haberme mostrado que ya no forman parte de mí, y dejarlos ir porque la mochila que precisamos para caminar ya es lo suficientemente pesada como para cargar cosas que no nos pertenecen. Ese día recordé que cuando era una niña, mi papá me llevaba a tomarme un bus que me llevaba a otra ciudad dónde me esperaba mi amiga con su mamá; no recuerdo tener mucho miedo en ese momento, pero de alguna forma después los había dejado entrar… ¡Cuántos años me habían acompañado miedos ajenos! Era sin duda el momento de despedirlos, y empezar a caminar haciendo realidad mi sueño.

El mismo día que despedí a mi familia, en la tierra que hoy se llama Uruguay, otra familia me estaba recibiendo en otra tierra, Cuba. Esa familia que me abría los brazos de su hogar, era la familia de una amiga mía, pero de alguna forma también era la mía; y tanto así es, que hoy sé que tengo una familia cubana. Con esto, la vida me enseñaba que siempre tenemos familias, más familias, que son distintas siempre pero que siempre están ahí para abrazarnos dónde sea que elijamos estar.

Moverse implica estar adaptándose todo el tiempo a nuevas costumbres, nuevas comidas, palabras, casas, códigos de convivencia… nuevas familias y personas. En general, sin darnos cuenta tendemos a acercarnos a las personas que más se nos parecen, con las que compartimos varias cosas. Otras veces, nos cruzamos con personas que vemos como muy distantes, o que nos generan sentimientos de los que queremos apartarnos y nos enseñan a ver qué cosas no nos gustan, y no nos hacen bien. Cuando estamos en nuestro lugar de comodidad, el lugar dónde nacimos, o crecimos, con las personas que ya conocemos, las redes que ya trazamos, ya conocemos qué cosas compartimos con quiénes. Al estar en un lugar nuevo eso tarda un poco más de tiempo. Así es que para esas interacciones, tuve que aprender dos cosas fundamentales: a saber pedir, y a saber decir que no. Muchas veces me enfrenté a situaciones en las que tenía que pedir algo, y no sabía pedir; como mi personalidad es dominante, muchas veces pedía dando órdenes y claro, las personas que ya me conocen, saben que eso es un pedido, pero las que no me conocen, creen que eso es una orden. Tenía que disculparme después, y explicar que eso no era lo que quería; en realidad me explicaba a mí misma, me justificaba por no saber y por equivocarme, cuando la tarea más bella en realidad, es la de aprender a pedir.

Luego, el decir que no, creo que es algo que al menos las que (re)nacimos en estas cuerpos, y somos vistas como mujeres, tenemos que aprender con urgencia, y asentarlo en el “ADN” de nuestro linaje para que sanemos nosotras y las relaciones que tenemos. Aprendí a decir que “NO” con un joven, con quien compartí muchas cosas y más tarde me recibió en su casa; en la noche luego de haberse tomado varios tragos quiso tocarme mientras dormía y besarme, sin mi consentimiento. De alguna forma, sentía lástima por él, por no saber quererme y respetarme, así que al otro día cuando despertó, volví a decirle que no estaba bien lo que hizo y que no lo volviera a hacer. Intenté buscar otro lugar para dormir durante ese día, y no encontré, así que hablé con él y le recordé nuestro “acuerdo” de respetarnos; él tenía una relación con el alcohol que hacía que después de la primer cerveza, venían muchas más, y ese “acuerdo” no lo respetó la segunda noche. A la mañana siguiente, tomé algunas de mis cosas y me fui preparada para acampar en la playa. Él entendió mi “no” recién con ese gesto de irme, pues más tarde, tuve que pedirle para vivir en su casa de nuevo por unos días, y él me respetó, y al respetarme, también se respetó a sí mismo y a sus límites.

Prácticamente unido a aprender a decir que no, aprendí a que no merezco someterme a una situación de violencia, sea dónde sea que esté, y que salir de esa situación, no es huir, sino que es enfrentarla y hacer lo que mejor considero para mí misma. Me llevó un poco más de tiempo de aprender esto, porque solía “aguantar” situaciones que no me hacen bien, hasta que ya no podía sostenerlas más. ¿Cuántas veces nos dejamos permanecer en situaciones que no nos agradan, ni nos hacen bien sólo por compromiso, o por no herir a alguien, o porque somos “fuertes”? No merecemos estar en ninguna situación que nos haga mal.

Nadie más que yo misma, me puse aquí en este lugar en dónde estoy parada hoy, caminando. Nadie más que yo, puedo quitarme y dirigirme a dónde quiera para mi mayor bien. Me decía esto una y otra vez, y así me abrazaba otra vez, dándome la posibilidad de hacer lo que me hacía bien y por primera vez, abracé mi soledad, la hice mi amiga… ahora disfruto de estar sola, me regalo estar sola y hacer cosas para mí, comer lo que quiero, ir a dónde quiero, estar en silencio, cantarme… De todas las personas que conocemos en el viaje, nosotras mismas somos la persona que más tiempo nos acompaña durante el camino, la que está más cerca. Al estar cerca de mis lazos más cercanos, mis amistades, si me pasaba algo habían varias personas a quiénes recurrir pero al estar lejos, en un lugar nuevo, ante una situación difícil sólo yo podía consolarme y cuidarme. Cuidarnos a nosotras mismas es fundamental, debería ser algo que hiciéramos siempre y no olvidáramos de hacer, es regalarse la oportunidad de merecer amor, merecer cariño, respeto, y tantas otras cosas más que nos hacen bien.

Y es sólo cuando sabemos querernos y cuidarnos que la vida nos pone a alguien más para que viajemos juntas(os). En mi caso, dos días después de haberle pedido al chico que me enseñó a decir que “NO”, para vivir en su casa de nuevo, la vida me puso a alguien maravilloso, un ángel que este chico había invitado a dormir a su casa porque también estaba viajando. A este “ángel” -a quien le diré “Tarzán” como nombre, (para respetar su identidad) fue al primero que le conté la situación que viví, y que luego no volvió a repetirse. Ellos dos se hicieron amigos y salían a hacer música todos los días para vivir; en ese entonces, yo ya tenía mis amigos del circo, con quienes también trabajábamos y disfrutábamos de ir a nadar al mar con snorkel a conocer los pececitos.

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Un día, con “Tarzán” decidimos seguir viajando y conocer otra ciudad. Mis amigos circenses me habían ayudado tanto que al salir de esa ciudad ya estaba más preparada para vivir también del circo, además de la artesanía. Salimos en “ride” -haciendo dedo- y dormimos en dónde nos cayó la noche, un pueblo pequeño que no conocíamos; estuvimos toda la tardecita haciendo circo con las niñas y niños para quienes era la primera vez que veían algo así. En la segunda ciudad en que se nos hizo la noche así, en medio del camino, llegamos más tarde y precisábamos trabajar. Dejamos la mochila en el ayuntamiento y “Tarzán” me dice: Vale, ¿por qué no cantamos?, él argumentaba que yo ya me sabía todas las canciones porque vivía con él, participaba de los ensayos, y además había empezado a salir a “botear” (pasar una gorra para que las personas que te escuchan, pongan el dinero que gusten) con ellos bailando en zancos y tocando las maracas; me decía que era más práctico salir a cantar nomás, sin zancos para no desarmar las mochilas. Le dije que primero iba a ir, como la Chavela Vargas, a tomarme dos tequilas y luego podíamos salir a cantar.

Desde ese día hasta hoy, he vivido más que nada de la música, cantando. Fue realmente hermoso y mágico incluso, conocer mi voz, ver cómo cambiaba cuando cantaba más, ver que la gente lo disfrutaba y que yo también. Antes de ese día tenía mucha vergüenza de cantar, pues mi hermana cuando muy chicas, me decía que a ella no le gustaba que cantara y que lo hacía horrible; así que escondí mi voz durante muchos, muchos años, hasta de mí misma. Hoy me parece que todas las personas tendrían que cantar todos los días, y que muchos grupos oprimidos socialmente, como las mujeres, tendríamos que cantar para conocer nuestra voz y que se escuche.

Mi mamá me decía que jamás hubiera pensado que iba a cantar, sabía que iba a ser muchas cosas pero esa… Tarzán me invitó a cantar, me animó a que me regalara a mí misma el goce de cantar, pero antes de viajar yo tampoco lo había pensado. Antes, para poder viajar había aprendido artesanía con una amiga que me enseñó y con videos de youtube, para poder vender en el viaje. El primer mes, hice un montón de pulseras para poder tener para vender. El segundo mes, empecé a vivir de venderlas, mientras conocí a mis amigos circenses y me prestaban elementos para trabajar del circo (pues no viajaba con ellos porque los que dominaba, eran muy pesados). El tercer mes empecé a botear haciendo circo con los músicos, y al cuarto mes, empecé a cantar. Las personas que me conocían después, pensaban que yo había cantado toda mi vida, porque claro, también pasa que para todas esas personas yo soy una nueva y me conocieron cantando.

Las personas que fuimos conociendo durante el viaje fueron las que hicieron posible con su apoyo, el que comiéramos cada día. El “Foca”, un amigo que hice y con quien viaje cantando, se levantaba y salía a tocar la guitarra, pasar la gorra, volvía con verduras para hacer sopa y yo le agradecía, el decía que no, que a todo esto nos lo había dado la gente. Sí… el “Foca” decía “nos” lo dio la gente, porque para él nosotros éramos su familia, y lo que a él le daban, nos lo daban a todos. Un otro gran maestro fue y es el “Foca”.

Hubo otros dos grandes maestros en mi camino con quienes caminamos hasta hoy que son “Mowgli”, mi compañero, e Ixchel, una gatita que encontramos abandonada en México. Con “Mowgli” hemos trazado una relación muy hermosa de amor, compañerismo, respeto y confianza; somos amigos, pareja, colegas y mucho más. Ixchel nos ha transmitido otra forma de vernos a nosotros mismos, otra forma de paciencia, de curiosidad, de cariño y fidelidad. A través de ella, que viaja desde su décimo día de vida, cuando la encontramos, vimos que todas las casas a dónde nos invitan se vuelven de alguna forma, nuestra casa. Empecé a tener una noción de lo que es “nuestro” que es más amplia y que siempre reconoce con humildad que no es realmente “nuestro”.

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También todas las personas que encontramos son espejos de nosotras mismas, dónde encontramos distintos aspectos que tenemos dentro y que no los habíamos visto antes. Los aspectos que menos nos gustan de alguien, en realidad muchas veces son aspectos nuestros que no nos gustan, y que los vemos a través de alguien más porque nos acostumbramos a ver más fácil los errores en los otros y no en nosotros. Todas estas personas nos entregan cosas, a veces es comida o techo cuando lo hemos precisado, y a veces son un grito, un destrato porque precisamos verlo en nosotros.

La vida a través de esto, nos muestra que siempre estamos cuidados, que todo es perfecto, y que todo es un ir y venir, un dar y recibir. Es tan importante uno como lo otro, el eterno equilibrio de la vida.

Todo esto, nos enseña que somos parte de un todo, que como aquel saludo maya: yo soy tú, y tú eres otro yo -in laa kech, alan ken-. También la tierra y todos sus seres que la habitan, son parte de nosotros y nosotros de ellos; por eso al cuidarnos, estamos también cuidando de todos ellos.

Probablemente, esto que les comparto, ya venía brotando adentro mío, pero este viaje que hice y hago, me hizo poner más atención en cada parte del camino presente, porque él también nos cuenta sus secretos, y nos habla de nosotros.

Creo que todos podemos escuchar esos secretos que la vida tiene para contarnos, sea cual sea nuestro camino. Sólo les quiero regalar, el que se regalen a ustedes el vivir sus sueños y hacerlos realidad cada día; que se permitan encontrar sus aliadas, aliados, la gente que busca sueños parecidos a los de ustedes, para que cultivemos el amor en este hermoso mundo que es de todos, y del que todos somos caminantes.

Jade Tz’unu’un

Enero 7 (El manejo de los sentimientos dolorosos)

Sentimientos dolorosos
El sentimiento de haber sido lastimados y el de ira son los más difíciles de encarar. Nos podemos sentir vulnerables, asustados e impotentes cuando estos sentimientos comienzan a aflorar, porque pueden disparar el recuerdo de ocasiones similares
en que nos sentiamos impotentes.
A veces, para recuperar el sentido de control, quizá castiguemos a la gente que está a nuestro alrededor, ya sea que los culpemos de esos sentimientos o que sean víctimas inocentes. Quizá tratemos de “desquitarnos” o de manipular a espaldas de la gente para ganar la sensación de poder sobre la situación.
Estas acciones quizá nos den un sentimiento temporal de satisfacción, pero sólo nos harán posponer la decisión de afrontar nuestro dolor.
Sentirse herido no tiene que ser algo tan atemorizante ni tenemos que trabajar tan duro para evitarlo. Aunque sentirse herido no es tan bonito como sentirse feliz, los sentimientos siguen siendo sólo eso, sentimientos.
Podemos someternos a ellos, sentirlos y seguir adelante. Eso no significa que tengamos que buscar sentirnos heridos o detenernos innecesariamente en ese tipo de sentimientos. El dolor emocional no tiene por qué devastarnos. Podemos sentarnos derechos, sentir el dolor, indagar si necesitamos hacer algo para cuidar de nosotros mismos y luego proseguir con nuestra vida.
No tenemos que actuar con prisas; no tenemos que castigar a los demás para tener control sobre nuestros sentimientos. Podemos empezar compartiendo con otros nuestro dolor de sentirnos lastimados. Esto trae un alivio y a menudo la curación tanto para ellos como para nosotros.
Con el tiempo aprenderemos la lección de que la verdadera fuerza proviene de que nos permitamos a nosotros mismos ser lo bastante vulnerables como para sentir el dolor. La verdadera fuerza proviene de saber que podemos cuidar de nosotros mismos, aunque sintamos dolor emocional. La verdadera fuerza nos viene cuando dejamos de hacer responsables a los demás de nuestro dolor y asumimos la responsabilidad de nuestros propios sentimientos.
“Hoy me someteré a mis sentimientos, incluso a los que son emocionalmente dolorosos. En vez de actuar con urgencia, o de intentar castigar a alguien, seré lo bastante vulnerable para experimentar mis sentimientos.”