Julio 2

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En mi búsqueda de soluciones para enfrentar los efectos de crecer en un hogar alcohólico, acumulé estantes de libros de psicología, religión y otras disciplinas de autoayuda. En mi niñez sentía que no podía contar con nadie, y rehusaba pedir ayuda a los demás. Prefería buscar una forma solitaria de ayuda en los libros.

Comencé a asistir a las reuniones de Al-Anon de vez en cuando, pero me resultaba incómodo el contacto con la gente allí presente. Resulta irónico que a pesar de que me gustan los libros, no asimilara que tenía miles experiencias reales de Al-Anon a mi disposición en la Literatura Aprobada por la Conferencia. No se me ocurrió que esta literatura, justo lo que me hacía sentir cómoda pudiera ser mi puerta de entrada a Al-Anon y a la experiencia de recurrir a otras personas en busca de guía y consuelo.

Una amiga de la familia que asiste a las reuniones de Al-Anon observó mis esfuerzos y con delicadeza compartió conmigo los beneficios que derivaba de la lectura de LAC. Consciente de que se interesaba realmente por mí, decidí comprar mi primer libro de Al-Anon. Lo leí sola en casa y medité sobre mismo durante un tiempo antes de decidirme a asistir de forma regular a las reuniones del grupo.

Ahora acumulo poco a poco una biblioteca llena de publicaciones del grupo que voy comprando en las reuniones y estudiando una por una. Hasta me he armado de valor para discutir lo que leo con otros miembros y las ideas y opiniones que obtengo de ello han transformado mis dudas en confianza. He atravesado el umbral de mi biblioteca solitaria hacia el mundo humano y acogedor de Al-Anon.

Pensamiento del día

Cualquier entrada a Al-Anon es válida, aún si el inicio no es la puerta del lugar de reunión.

”Nuestras publicaciones son uno de los medios principales con las que se facilita el crecimiento, la unidad y el servicio de Al-Anon. Es incalculable la influencia de los muchos miles de libros y folletos…”

                                          Manual de Servicio de Al-Anon y Alateen, Pág. 191

 

Julio 2 ¿Quién sabe más?

PAG-guapa

Los otros no saben lo que más nos conviene.
Nosotros no sabemos lo que les conviene más a los demás.
Nuestra labor consiste en determinar lo que más nos conviene a nosotros mismos. “Yo sé lo que tú necesitas”… “Yo sé lo que tú debes hacer”.
“Escucha, en esto es en lo que creo que tú deberías estar trabajando ahora”.
Estas afirmaciones son audaces, creencias que nos alejan de la forma en que operamos en el plano espiritual de la vida.
A cada uno de nosotros se nos ha dado la habilidad de discernir y de detectar su propio sendero, sobre una base cotidiana. Esto no siempre es fácil.
Quizá tengamos que luchar para llegar a ese lugar quieto, calmado.
Dar consejos, tomar decisiones por los demás, hacer un mapa de su estrategia, no es labor nuestra. Tampoco es labor suya dirigirnos.
Aunque tengamos un contrato claro con alguien para que nos ayude.
–como en la relación con un padrino- no podemos confiar en que los demás siempre saben lo que más nos conviene. Tenemos la responsabilidad de pedir guía y dirección. Pero es responsabilidad nuestra clasificar y catalogar la información, y luego escucharnos a nosotros mismos acerca de lo que más nos conviene.
Nadie puede saberlo más que nosotros mismos.
Un gran regalo que podemos dar a los demás es ser capaces de confiar en ellos, en que ellos tienen su propia fuente de guía y sabiduría, en que ellos tienen la capacidad de discernir lo que más les conviene y el derecho a encontrar ese sendero cometiendo errores y aprendiendo.
Confiar en que nosotros mismos somos capaces de descubrir a través de ese mismo proceso imperfecto de esfuerzo, ensayo y error –es un gran regalo que podemos dar a nosotros mismos.
“Hoy recordaré que a cada uno de nosotros se nos ha dado el don de ser capaces de descubrir lo que más nos conviene. Dios mío, ayúdame a confiar en ese don.”