Agosto 4

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Como soy hija de padres alcohólicos, crecí en un medio violento. Mis padres de maltrataba física y verbalmente y yo me enojaba con ellos. Cuando expresaba mi ira, me maltrataban aún más. Aprendí a cerrar la boca a permanecer en silencio, por lo tanto nuestra comunicación se interrumpió.

Mi familia no podía mantenerme económicamente, así que desde los 17 años me volví autosuficiente. Entré al mercado laboral con una percepción muy distorsionada de la autoridad. Puesto que mis padres habían sido la autoridad principal de mi vida hasta entonces, esperaba que mi jefe me tratara de la misma manera que mis padres. Basada en esa expectativa, el temor me llevó al aislamiento. Si en mi trabajo algo me molestaba, me quedaba callada. Cuando percibía que mis derechos como empleada no se respetaban, reprimían la ira. Por lo tanto, comencé a reaccionar de manera irracional e imprevisible ante la vida y ante mis seres queridos.

El Duodécimo Paso me dice que puedo aplicar los principios del programa en todos los ámbitos de mi vida, estén directamente relacionados con el alcohol o no. Como punto de partida, tuve que admitir mi temor a la autoridad y que mi vida se había vuelto ingobernable. Luego puse en práctica hablar sobre mi ira en las reuniones donde recibí aceptación, apoyo y comprensión. Basándome en las experiencias positivas que surgían al compartir en las reuniones, decidí correr el riesgo de expresar mis sentimientos en el trabajo. Cuando lo hice, a veces hubo oposición, y esto me hizo sentir incómoda. En otras ocasiones, recibí aceptación y una mejoría del comportamiento ofensivo hacia mí. De una u otra forma, me sentí mejor porque me había defendido con respecto y autoestima.

Pensamiento del día

Cuando reprimo la ira, le doy margen para que invada de amargura mi corazón, mi mente y perjudique mi recuperación.

”En el grupo, encontré algo que necesitaba desesperadamente: permiso para enojarme.”

                                                   De la supervivencia la recuperación, Pág. 133-134

Agosto 4 (Vulnerabilidad)

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He aprendido que cuanto más vulnerable me permito ser, en realidad tengo más control de mí mismo.
Anónimo
Muchos de nosotros sentimos que sólo podemos mostrar nuestro lado fuerte, confiado. Creemos que la cara que tenemos que mostrarle al mundo debe ser siempre de educación, perfección, calma, fortaleza, control.
Aunque ciertamente es bueno y a menudo apropiado estar bajo control, calmados y fuertes, todos tenemos otro lado, esa parte de nosotros que se siente necesitada, que se asusta, que tiene dudas y que se enoja. Esa parte nuestra que necesita cuidados, amor y que la tranquilicen de que las cosas van a salir bien. Expresar estas necesidades nos hace vulnerables y menos que perfectos, pero este lado nuestro también necesita de nuestra aceptación.
Permitirnos a nosotros mismos ser vulnerables nos ayudará a formar relaciones duraderas. Compartir nuestra vulnerabilidad nos ayuda a sentirnos cerca de la gente y ayuda a los demás a sentir cercanía con nosotros. Nos ayuda a crecer en amor propio y en autoaceptación.
Nos ayuda a convertirnos en agentes curativos. Nos permite curarnos y ser accesibles a los demás.
“Hoy me permitiré ser vulnerable con los demás cuando sea seguro y apropiado hacerlo.”