Agosto 7

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La depresión, una manera de comer compulsiva y una baja autoestima son algunas de las secuelas que me dejó el alcoholismo de mi padre. Sin embargo, tuve que asistir a muchas reuniones de Al-Anon antes de comprender que las raíces estos defectos estaban en incapacidad de ser sincera conmigo misma. Tomé conciencia de mi tendencia a permitirle a la gente aprovecharse de mí porque quería ser agradable con ellos. Sin embargo, a menudo me sentía deprimida cuando hacía algo que se esperaba de mí y que iba en contra de mis valores o mis metas.

Cuando defendía mis derechos, me sentía culpable. Mi vida era como caminar en la cuerda floja.

Al-Anon me ayudó a descubrir mis derechos como persona. Comenzó cuando se me otorgó el derecho a participar en las reuniones sin que nadie me interrumpiera o diera consejos. Se me dijo que mi anonimato sería respetado y que solamente yo tenías derecho a revelarlo. Este fue tal vez uno de los primeros derechos que se me dio en la vida.

También escuché que la palabra “no” es una oración completa y que tenía derecho a decir no sin dar explicaciones. Aprendí lo valioso que resultaba aplicar la Oración de la Serenidad a la relaciones humanas y a mi deseo de agradar a la gente. Si nada de lo digo o hago puede hacer que la gente me quiera, entonces puedo hacer lo que más me convenga siempre y cuando no hiera a nadie.

Por último, mediante las labores de servicio, aprendí a fijar metas realistas y a lograrlas poco a poco. Aprendí que el éxito no es importante. El fracaso puede ser una oportunidad para progresar y no de humillación. Así se construye la autoestima positiva. Nunca había experimentado el progreso personal hasta que llegué a Al-Anon.

Pensamiento del día

Con cada reunión a la que asisto, con cada instrumento de Al-Anon que uso y aplico, aumenta mi capacidad para autovalorarme.

”Al-Anon me enseñó que soy una persona digna…pero, sobre todo, que puedo decidir cómo vivir mi vida.”

                                                            De la supervivencia de recuperación, Pág. 276

Agosto 7 (Aprende a decir no)

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Para muchos de nosotros, la palabra más difícil de decir es una de las más cortas y fáciles del vocabulario: No. Anda, dilo en voz alta: No. No, fácil de pronunciar, difícil de decir. Nos da miedo caerle mal a la gente, o nos sentimos culpables. Podemos creer que un “buen” empelado, hijo, padre, cónyuge o cristiano nunca dice no.
El problema es que si no aprendemos a decir no, dejamos de caernos bien a nosotros mismos y a la gente a la que siempre tratamos de complacer. Quizá incluso lleguemos a castigar a los demás a causa del resentimiento.
¿Cuándo decimos no? Cuando realmente queremos decir no.
Cuando aprendemos a decir no, dejamos de mentir. La gente puede confiar en nosotros, y nosotros podemos confiar en nosotros mismos. Pasan todo tipo de cosas buenas cuando empezamos a decir lo que queremos.
Si nos asusta decir no, podemos darnos algo de tiempo. Podemos tomarnos un descanso, ensayar la palabra y volver para decir no. No tenemos que brindar largas explicaciones por nuestras decisiones.
Cuando podemos decir no, también podemos decir sí a lo bueno.
Nuestros noes y nuestros síes empiezan a ser tomados en serio. Ganamos control sobre nosotros mismos. Y es entonces cuando aprendemos un secreto: que en realidad no es tan difícil decir: ” no”.
“Hoy diré no si eso es lo que quiero.”