Octubre 20 (Consuelo para la confusión)

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Obviamente el dilema de quien abandonó su fe es la tremenda confusión en que quedó. Se cree perdido y no tiene siquiera el alivio de una convicción. No alcanza a lograr, así sea en grado mínimo, la seguridad que tiene el creyente, el agnóstico o el ateo. Queda perplejo. DOCE PASOS Y DOCE TRADICIONES, p. 30

Durante mis primeros años de sobriedad, yo me resistía al concepto de Dios. Las imágenes que me venían, conjuras de mi asado, estaban cargadas de temor, rechazo y condena.
Entonces oí describir a mi amigo Ed la imagen que tenía de un Poder Superior: Cuando era niño se le había permitido tener una camada de perritos siempre que asumiera la
responsabilidad de cuidar de ellos. Todas las mañanas encontraba las inevitables
deposiciones de sus perritos en el piso de la cocina. A pesar de sus frustraciones, Ed decía
que no podía enojarse porque esto es “natural” en los cachorritos. Ed decía que Dios ve
nuestros defectos y faltas con una comprensión y cariño similares. A menudo he
encontrado solaz de mi confusión personal en el concepto tranquilizador que Ed tenía de
Dios.

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